Me arroyó el tiempo, pasó sobre mí sin piedad. Mis manos se confunden con el papel que acabas de botar a la caneca. Arrugado, esta arrugado. Me propondría para hoy, me propondría de a pocos, volver a nacer. Porque te busqué. Si. Te busqué donde nunca habías existido, te regalé, una y mil veces, sin saber nada de ti. Parafrasee cursilerías y le susurre tu nombre a cada desconocido que me sacó a bailar.
Pero no.
No puedo soportar la cara de terror con la que me mira el espejo.
{Y cubrir todo de tela y fingir una caligrafía de “no me interesa”. Y despegar todos los papeles de las paredes, todos} Como si el desasosiego hubiera hecho un trato con mi destino, y me hubieran amarrado la fe a la nuca. Duele. Divina providencia o maldita providencia. Los pies no me alcanzan, acá nadie realmente habla, acá nadie respira de verdad. Y todos cruzan el camino y me ven dentro del pozo. Y nadie al mirarme me ve.
Incluso podría empezar a decorar y hacer de este mierdero mi hogar, o tal vez tan solo este haciendo de mi hogar un mierdero.
Me cansé de esperar, me cansé de las huelgas de inconciencia. Estoy cansada, ¿se nota? Cansada ya de las ventanas sucias, cansada de esos dos estantes y esa mesa; Cansada de esperar a que algo pase; Cansada del bombo de murga que jamás usé; Cansada de las cajas llenas de cajas llenas de cajas; Cansada de esperar que algún vendito aire me saqué del pecho esta sensación de insignificancia…
Dibujaré una y mil veces planes sin sentido, te pediré perdón y me perdonaré.
Me pintaré del blanco de mis sueños.
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