Nos enamoramos. Decimos que nos enamoramos. Nos enamoramos y no sabemos de qué nos estamos enamorando. Nos enamoramos de un cuarto al contemplar su rincón o su ventana. Nos enamoramos al rozar nuestra nariz contra el punto de encuentro de esas dos paredes, nos enamoramos de esa intersección y de ese fondo, ahí nos sentimos seguros.
Amamos. Creemos que amamos. Decimos que queremos amar cuando queremos ver el cuarto. Cuando queremos revolcarnos sin pudor sobre su piso, dormir al sol de la ventana, vivir.
Planear, es seguir contemplando a ese rincón, palpando su potencialidad. No es amar al rincón, planear amar no es amar.
Luego nos desvivimos
nos destruimos.
No sabemos por qué nos destruimos.
No sabemos si la destrucción es legítima, si se puede decir con certeza que uno hizo algo más que apoyar su nariz fría contra un ángulo y soñar. Dos rectas que forman un ángulo y es eso todo lo que sabes de este metro cuadrado.
Pero crees amarlo.
Su calidez, su textura, su color.
Su ser cóncavo.
Su contingencia.
Pero no se puede amar a un rincón. Amar a un rincón es amar algo infinito. Amar una intersección es amar un momento.
Y los momentos no existen, no se puede amar a un momento.
Por más cómoda y segura que se sienta esa nariz apoyada en ese ángulo recto.
1 comentario:
Linda eres, Ale.
Publicar un comentario