Cantar. No, no es fortuito. Pero abrir la boca si. Está sobrentendido, casi implícito, se ignora por completo su estado fundamental. Tomemos entonces otra acción, parecida en lo cotidiana, tácita, habitual. Ahí es cuando nazco y me preocupo. Estas acciones, tan contenidas en la disciplina, no son nombradas en el libreto. Desnudarse antes de entrar a la ducha, asumir que la llave derecha es la caliente, cerrar la puerta cuando salgo, apoyarme solo contra superficies sólidas, no morderme la lengua mientras como, lavar el cepillo de dientes después de usarlo. La lista es difícil e infinita. Amarrarme los cordones antes de correr, mover primero al peón, correr bajo la lluvia, vestirme antes de salir. Ahí me entra el miedo. No miedo a la rutina en si (ella también esta sobrentendida) miedo a que de tanto repetir esas acciones un día olvide el orden y la cohesión, la nececidad. Que un día por distracción deje abierta la puerta y no me de cuenta. Que un día olvide lo fundamental y para quitarme el tormento me baste con el usado recuerdo de todas las veces que hice lo que hice por lógica enseñanza y sentido común. Me bastará con el recuerdo de esos otros tres mil días en los que si cerré la puerta, para no preocuparme y seguir caminando. Me aterra.
2 comentarios:
El descuido, el descuido.
La memoria también sufre lapsus, Freud se aprovecha de nuestras distracciones minúsculas.
Que te aterre la soledad, el resto es sólo eventual.
Muy lindo tu blog en realidad.
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